Cuidar no es un “don”: es trabajo. Y en Bogotá sigue recayendo sobre las mujeres.
En la ciudad, el 50% de las personas cree que las mujeres nacen con una habilidad natural para cuidar, limpiar y criar, una habilidad biológica que, supuestamente, los hombres no poseen y que sigue justificando una distribución desigual del tiempo. La cifra, expuesta por la Secretaría Distrital de la Mujer en el foro "La brecha invisible" de El Espectador durante la FILBo 2026, no es solo una percepción cultural. Es una barrera concreta.
En Colombia, 9 de cada 10 mujeres realizan trabajo doméstico y de cuidado no remunerado. Dedican en promedio 7 horas y 35 minutos diarios a estas labores, mientras los hombres destinan 3 horas y 12 minutos, según la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo del DANE. Una jornada que sostiene la vida, pero que no se reconoce, no se paga y limita la autonomía de las mujeres.
Durante el foro participaron Laura Tami, secretaria distrital de la Mujer de Bogotá; Liliana Ruiz, cuidadora y líder comunitaria de Chapinero; Lilian Yolanda López, lideresa de Engativá y referente en la implementación de las Manzanas del Cuidado; y Javier Omar Ruiz Arrollave, educador popular y activista en nuevas masculinidades. Desde esas voces, el cuidado dejó de ser un asunto privado y se planteó como un problema público.
La secretaria distrital de la Mujer de Bogotá, Laura Tami, fue clara: el cuidado no es un “don”, es una construcción social que el Distrito está llamado a transformar. Insistió en que no se trata solo de reconocer la carga, sino de redistribuirla, y señaló al Sistema Distrital de Cuidado como la apuesta para hacerlo posible, a través de servicios como las Manzanas y Buses del Cuidado, que permiten que las mujeres tengan tiempo para estudiar, trabajar o descansar.
Desde la experiencia cotidiana, la lideresa de Engativá, Lilian Yolanda López, lo dijo sin rodeos: “la obligación del cuidado nos quita la vida”. Explicó que para muchas mujeres no es una elección, sino una imposición que atraviesa su salud, sus ingresos y su vejez, y que las deja sin tiempo propio.
La cuidadora y líder comunitaria de Chapinero, Liliana Ruiz, puso el foco en una tensión menos visible: a muchas mujeres les cuesta soltar el cuidado. “Sentimos que solo nosotras sabemos hacerlo bien”, explicó, aludiendo a una crianza que refuerza el control y que, al final, también sostiene la sobrecarga.
Por su parte, el educador popular y activista en nuevas masculinidades, Javier Omar Ruiz Arrollave, cuestionó de fondo el papel de los hombres: mientras el cuidado se siga entendiendo como “ayuda”, seguirá siendo opcional. Planteó que la corresponsabilidad no es colaborar, sino asumir el cuidado como una obligación propia, y advirtió que sin transformar las masculinidades no será posible reducir ni la desigualdad ni las violencias.
El foro también dejó ver los límites. Aunque el Sistema Distrital de Cuidado avanza, no todas las mujeres pueden acceder a estos servicios, por eso son tan importantes los cuidados comunitarios, el hogar, los colegios... la corresponsabilidad.
El foro cerró con una pregunta que quedó flotando en el aire de la feria y que hoy interpela a cada lector: Si usted tiene una hija y se casa con un hombre como usted, ¿sería ella realmente feliz y libre?
Bogotá ha dado pasos sólidos para que el cuidado deje de tener rostro de mujer. El desafío ahora es colectivo: avanzar hacia una corresponsabilidad real que permita a las mujeres recuperar su tiempo, su salud y su vida.

